LuisGC

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Anoche terminé de leer Eragon, de Christopher Paolini.

Me ha dejado una mezcla de sabores interesante, pero al final la sensación ha sido de pequeña decepción.

Me doy cuenta de la dificultad de valorar un libro que pertenece a una trilogía (El Legado) en aspectos como la profundidad. Todo lo que me falta quizá lo encontremos en la segunda o en la tercera parte. Pero faltan cosas, muchas, para que pueda decir de este chico lo que otros ya han dicho.

La historia es buena, el libro no lo es tanto. Hace tiempo que las novelas de fantasía dejaron de ser Tipo Conan (como yo lo llamo), con un héroe venciendo los enemigos que salen a su paso, sin que sepamos muy bien los objetivos de unos y otros.

Al final del libro lees tantos agradecimientos a sus padres y editores que le han corregido tanto, y me parece que no lo hicieron suficiente.

Soy a duras penas capaz de imaginarme la mayoría de las cosas. Faltan descripciones, imprescindibles en una obra de fantasía. De los omnipresentes úrgalos poco se sabe, aparte de ser grandes, feos y peligrosos. Ocurre igual con casi todo.

Al principio Eragon me recordaba un poco a Ender, pero lo que Scott Card resolvió fenomenalmente, a Paolini le sale mucho más falso según avanza el libro.

Y por último, la existencia de tantos nombres robados de Tolkien, más que parecerme un buen homenaje, me hacen ver una enorme falta de imaginación por parte del autor.

Este refrito de otras historias, interesante para una lectura poco exigente, podría dar mucho más de sí. Esperemos que mejore en Eldest (segundo libro, aún sin publicar) o en libros posteriores. Al fin y al cabo, hablamos de un autor muy joven.

Eragon de Christopher Paolini
Eragon de Christopher Paolini

Eragon

Christopher Paolini

[...]Una súbita explosión quebrantó la noche.

El rebaño echó a correr. Eragon se abalanzó sobre la hierba mientras un viento feroz le azotaba las mejillas. De pronto, se detuvo y disparó una flecha sobre la cierva que se alejaba saltando. Erró por muy poco, pero la flecha silbó en la oscuridad. El muchacho soltó una maldición, giró en redondo y colocó otra flecha instintivamente.

A su espalda, donde había estado la manada de ciervos, humeaba un gran círculo de hierba y de árboles. Muchos pinos permanecían en pie, pero desprovistos de sus hojas, y la hierba que rodeaba el exterior del círculo calcinado estaba aplastada, al tiempo que una voluta de humo se elevaba por el aire transportando el olor a quemado. En el centro de la zona devastada yacía una gema de color azul brillante sobre la cual se arremolinaban frágiles zarcillos impulsados por la neblina que serpenteaba por el chamuscado terreno.

Eragon se quedó al acecho del peligro durante varios minutos, pero lo único que se movía era la niebla. Aflojó la cuerda del arco con cuidado y avanzó. La luz de la luna proyectó una pálida sombra del cuerpo del muchacho cuando éste se detuvo delante de la gema. Eragon la empujó con una flecha y se echó atrás. Como no sucedió nada, la cogió con cautela.

La naturaleza jamás había pulido una piedra preciosa tan perfecta como ésa: la superficie era de color azul oscuro impecable, salvo por las finas nervaduras blancas que la recorrían como una telaraña. Al tocarla con los dedos, Eragon notó que la gema estaba fría y que era completamente lisa, igual que la seda. Tenía una forma oval de unos treinta centímetros de longitud y debía de pesar algunos kilos, aunque era más liviana de lo que parecía.
[...]

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